En busca de la misteriosa edad del agua en los Bajos Submeridionales

Por Francisco Terré

¿Es posible saber la edad del agua? Si así lo fuera, acaso, ¿sería motivo de celebración cual singular aniversario o destacado acontecimiento? Bajo nuestros pies circula este vital elemento que, subterráneo, da identidad a una enorme porción de terreno ubérrimo y sensible llamado Bajos Submeridionales.

Develar el misterio no es sencillo. Pero hay quienes se aventuran al desafío de lo desconocido, que como tal despierta inquietudes y genera entusiasmo. Eduardo Galeano sostiene: “De agua somos”. ¿Qué hay de ello?



La ingeniera Leticia Rodríguez, perteneciente a la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), encabeza un proyecto -junto a un amplio equipo de profesionales y colaboradores- que estudia las aguas subterráneas en la zona de los Bajos Submeridionales, unos 7,5 millones de hectáreas que comparten las provincias de Santa Fe (3,5 millones), Chaco (2 millones) y Santiago del Estero (1,5 millones).

“En este caso particular nos estamos concentrando en los paleocauces, porque lo que nos interesa conocer desde el punto de vista de la investigación es toda la secuencia de sedimentación de los materiales que dieron origen a la formación de los mismos”, explica.

Leticia (izquierda), junto a dos colaboradoras.

El norte de la provincia de Santa Fe, en particular el departamento 9 de Julio, es el sitio elegido para las primeras exploraciones que ya están en marcha. Una de las perforaciones del suelo la realizaron en zona rural del distrito Tostado, en cercanías de ruta provincial 77, al norte de ruta nacional 98; y la otra en el distrito Villa Minetti, a unos cuatro kilómetros al oeste del casco urbano de la localidad.

Ambas fueron hechas sobre paleocauces ya conocidos, “que pueden haber sido dejados hace miles de años por el río Salado, que circulaba con todos sus tributarios por esta zona, y son la fuente de agua fundamental porque tienen agua de mejor calidad para los Bajos Submeridionales, que tanto padecen la falta de este elemento”.



Leticia detalla que el trabajo en el terreno consiste, en una primera instancia, en “sacar muestras de sedimentos, cada más o menos un metro, que luego son llevadas a laboratorio para realizarles ciertas determinaciones y se les hace algo particular que se llama ‘datar’, que es tratar de saber de qué edad son o cuántos cientos o miles de años hace que esos sedimentos se depositaron ahí”.

Luego, en los próximos días, “volvemos a la zona para sacar muestras de agua de estos mismos paleocauces, que albergan agua de mejor calidad que la del entorno, y también vamos a sacar qué edad tiene esa agua. Es decir, desde que una gota de lluvia traspasó la superficie de la tierra y viajó por el subsuelo, hasta que es extraída, pasaron tantos años”.

Los trabajos en zona rural de Villa Minetti.

El análisis del agua no resulta sencillo para ese tipo de determinaciones, y debe realizarse en el exterior. Es por ello que las muestras de sedimentos de suelo son enviadas a un laboratorio de Brasil; y las de agua, a Canadá. Las demoras para conocer los resultados pueden extenderse más allá de los seis meses.

Las explicaciones que justifican el trabajo de intentar conocer la edad del agua tienen que ver con que, según sostiene Leticia, “uno puede sobre explotar los paleocauces porque podrían tardar decenas de años en recargarse de agua. No lo sabemos. La edad sirve para la gestión del agua, desde ese punto de vista. Que tengamos cuidado porque si esa agua tiene treinta o más años, por ejemplo, es un agua joven; pero cuanto más profundo nos vamos, son más antiguas porque el agua tiene que viajar por todo el subsuelo mayor distancia hasta que se las extraiga”.



Además, “si encontramos agua muy joven, significa que hace poco que fueron recargadas a los acuíferos o reservorios de agua subterránea. Pero si tienen algunos cientos de años, cuidado porque van a tardar más en remplazarse si las explotamos y explotamos. Si los paleocauces se sobreexplotan, se empieza a sacar agua de más abajo, que es mucho más salina, y estamos perjudicando los únicos reservorios confiables de agua. Esto es un fenómeno que la gente de los Bajos Submeridionales conoce”.

La jefa del equipo de investigación no oculta su entusiasmo en la tarea que están llevando adelante. “Me apasiona estar y es mucho el desafío”, reconoce. Destaca, también, la importancia de “tomar contacto con la gente local porque uno aprende muchísimo. La gente de la zona es la que más conoce. Nosotros tratamos de aportar desde la ciencia un poco más para entender cómo funciona la complejidad, que en algunos casos es más sencillo, pero en otras es más difícil”.

En la zona de Villa Minetti vive el ingeniero agrónomo Hugo Terré, referente en cuestiones que tienen que ver con el manejo del agua en los Bajos Submeridionales. Consultado al respecto, comparte el entusiasmo del equipo que se encuentra investigando el área, porque a través de los resultados de ese trabajo “finalmente vamos a saber lo qué pasa con los paleocauces”.

“De donde viene el agua, cuando se recargan, si verdaderamente son paleocauces del río Salado; son algunas cosas fundamentales”, destaca y agrega: “lo de los perfiles de suelo también es muy importante porque permitirá saber de dónde salió el sedimento que los tapó, qué capacidad de infiltración tienen, cómo trabajan”.



En los Bajos Submeridionales las cosas suelen ser extremas. Se suceden a menudo períodos de inundación y sequía, lo que caracterizan la sensibilidad de un terreno que guarda a su vez un enorme potencial productivo tanto para la ganadería como para la agricultura. De un modo u otro, el agua es siempre el elemento central para el desarrollo.

A lo largo del tiempo la falta de planificaciones integrales y la libertad para intervenciones netamente productivistas han ocasionado mayores complicaciones en esta región. Pero con la premisa de subsanar errores y hacer de los Bajos un área más sustentable y amigable con el ambiente, se ha comenzado a trabajar en comisiones técnicas que hacen aportes desde las tres provincias a los fines de planificar acciones y obras conjuntas.

Primero extraen muestras de sedimentos de suelo, y luego de agua.

Desde el año 2016 Leticia recorre la zona para profundizar su estudio. Lo hace con la colaboración del Instituto Nacional del Agua (INA), el Instituto Geológico y Minero de España (IGME) y otras instituciones y organizaciones con años en trabajos similares. El financiamiento proviene de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, el Ministerio de Producción, Ciencia y Tecnología de Santa Fe, la Universidad Nacional del Litoral, e incluso el apoyo del IGME. “El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria-Reconquista, colabora con nosotros colectando agua de lluvia para complementar nuestros estudios del origen de las aguas de la región”.

Durante el recorrido por las tres provincias que abarcan los Bajos pretenden “muestrear agua de pozos que tienen 4 o 5 metros de profundidad hasta unos 220 metros, para analizar todo el perfil porque acá siempre se ha buscado agua muy profunda para ver si se puede dar solución, pero lamentablemente el agua es aún más salina en profundidad, es lo que hemos encontrado. Es muy difícil en esta zona, pero la evidencia, hasta ahora, es que no hay agua de buena calidad. Muy buenos acuíferos de donde se puede sacar mucha agua, pero la calidad es muy mala”.



Este tipo de trabajos de ‘datación’ son pioneros en la provincia de Santa Fe. “La del agua es la primera vez que se hace”, se entusiasma Leticia, y agrega: “la de sedimentos se ha hecho en la zona de Fortín Tres Pozos, cerca de Fortín Charrúa, en un pozo de unos 30 metros. Este es un segundo estudio que se hace en los Bajos; y en la provincia hay uno o dos puntos más. Y de ‘datación’ de agua, no hay”.

Por eso para quien está al frente del equipo de investigación “es un orgullo poder aportar desde ese punto de vista al conocimiento de los Bajos Submeridionales”.

Los Bajos son unas 7,5 millones de hectáreas que comparten Santa Fe, Chaco y Santiago del Estero.

La búsqueda continúa, y destaca que es posible “porque presentamos propuestas de investigación a organismos financiadores que nos evalúan en la calidad, en la trayectoria que uno tiene y que ha hecho buen uso del dinero anterior con resultados, divulgando; y gracias a eso mantenemos la maquinaria funcionando”. De este modo, la expectativa está puesta en “generar nuevos resultados para llegar a nuevas fuentes de financiamiento, como lo hemos hecho durante los últimos cinco años”, cuenta Leticia.

Al grupo de trabajo lo componen también la geóloga María Belén Thalmeier, la ingeniera Silvana Castro, Emiliano Veizaga, Javier Heredia de España, Adrián Silva del INA, entre otros colaboradores, y en proyectos anteriores Dora Sosa (INA) y, Zuleica Marchetti (UNL).

Los investigadores hacen su enorme aporte en develar el misterio, y próximamente del exterior llegarán certezas que permitan seguir conociéndonos. A la espera de lo que pueda decir la ciencia, vale refugiarse en la literatura del magistral escritor uruguayo que en su libro Los Hijos de los Días pregona verdades de nuestro origen: “Del agua brotó la vida. Los ríos son la sangre que nutre la tierra, y están hechas de agua las células que nos piensan, las lágrimas que nos lloran y la memoria que nos recuerda”.

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